May 11, 2016

MOMENTO ÁLGIDO DEL MAYO1968


“El mérito de los situacionistas consistió sencillamente en reconocer y designar los nuevos puntos de aplicación de la revuelta en la sociedad moderna (que no excluyen en absoluto, sino que por el contrario restablecen los antiguos): urbanismo, espectáculo, ideología, etc.” (IS, vol. 3, 2001, p. 535)


Ahora bien no todo es tan “revolucionariamente perfecto” y los situacionistas son de los primeros en percibirlo y denunciarlo. Empiezan a aparecer significativas disputas en las ocupaciones obreras, especialmente sobre la dirección que deben tomar y cuales son los objetivos últimos. Evidentemente los situacionistas, junto con los grupos más radicales de la izquierda tradicional, reclaman un poder obrero y estudiantil que cuestione definitivamente la autoridad del Estado, sin temer un auténtico vacío de poder político en toda Francia.

Los situacionistas echan el resto y son claves en el crecientemente violento debate entre radicales y posibilistas. Todos perciben que se comienzan a producir importantes grietas y diferencias dentro del disperso y complejo movimiento del “Mayo”. Además comienza a hacer mella el cansancio por los esfuerzos a que obliga la situación y la creciente insatisfacción por los “resultados” obtenidos y por las opciones que se imponen. 

La “situación” creada parece perder la capacidad de incrementar el proceso de “fusión nuclear” que debe retroalimentarla. Parece llegado el momento en que ya no hay suficiente masa descontenta ni energía revolucionaria libres e incorporables. Por ello, si la “situación” debe continuar, no podrá hacerlo en extensión absorbiendo e incorporando nuevos descontentos. La “situación” sólo podrá continuar, incrementando su intensidad, radicalizándose internamente, alcanzando un nuevo nivel de implicación revolucionaria.

Es un momento como el que expresó –con sus propios objetivos claro está- el Marqués de Sade en su panfleto de 1795 y significativo nombre: “¡Franceses un esfuerzo más si queréis ser revolucionarios!” Los situacionistas, sus aliados y los sectores más radicales del “Mayo” parecen entenderlo así y exigen la radicalización del movimiento, piden un salto sin retorno posible, que –como hemos dicho- era el objetivo último de toda auténtica “situación”: que nadie pueda volver a la acomodaticia, espectacularizada y entretenida vida anterior.
En ese instante crucial en qué, todo el mundo aguanta la respiración esperando entrever si se consolida la "Revolución", o bien se retrocede convirtiéndose en una mera (aunque apasionante) "revuelta"; las noticias y análisis son contradictorios. Las acusaciones cruzadas son especialmente duras e irreconciliables, hasta el punto que todavía no sabemos quien dio el primer paso, quienes se equivocaron, quien traicionó a quien... En todo caso parece claro que los situacionistas y aliados no consiguen ese salto sin retorno posible que la “situación” creada pedía para continuar. 

En un gesto muy significativo y que seguramente marca la evolución del Mayo, el 17-5 muchos situacionistas y aliados radicales abandonan los Comités de Ocupación acusándolos de ser demasiado tímidos y cobardes. Para los situacionistas, en muchos sentidos parece iniciado el reflujo. Pero muchos piensan que todavía ascendía el flujo revolucionario o que –como mínimo- oscilaba indeciso. Ésta era seguramente la posición mayoritaria tanto en el gobierno y los grupos conservadores, como en el conjunto del movimiento del Mayo.

Significativamente el mismo día de una manifestación de 300.000 gaullistas, mientras De Gaulle se entrevistaba en Alemania con el general Massu, la multitudinaria y decisiva asamblea del 30-5 declara triunfalmente: “Lo que hemos hecho en Francia está acechando a Europa, y pronto será una amenaza para las clases dirigentes del mundo, desde los burócratas de Moscú y Pekín hasta los millonarios de Washington y Tokio. [...] La ocupación de fábricas y edificios públicos a lo largo y lo ancho del país no sólo ha bloqueado el funcionamiento de la economía, sino que ha planteado una cuestión general a la sociedad.” (MARCUS 1993: 455)

Sin ninguna duda el reto o el desafío ha sido claramente enunciado y ya casi nadie se llama a error. Si todavía había alguien dormido, ahora despierta con un escalofrío. Si alguien –como los situacionistas- había soñado largamente con ello, ahora abre los ojos para verlo realizado y teme despertarse en la vieja pesadilla cotidiana, todavía inserto en el “espectáculo” (como decía Debord). Muchos ensayos, novelas y películas han intentado plasmar la complejidad de ese momento: la mezcla de miedos, esperanzas y -sobre todo- muchas hipocresías. El film Milou en Mai dirigido por Louis Malle en 1990 lo hace magistralmente. 

También el gobierno y el Poder estatal son conscientes de la magnitud del reto que se les hace, aunque quizás continúan siendo incapaces de comprender la naturaleza de las preocupaciones vehiculadas a través de las protestas. Ahora bien, empiezan a encarar el conflicto de una manera más astuta y hábil, aplicando la táctica que mezcla la mano dura y la "porra", junto con las concesiones y la "zanahoria". Claramente no renuncian al uso de la fuerza (de hecho la acentúan y, a menudo, bordean la "guerra sucia"), pero toman iniciativas de “diálogo y negociación” donde hacen -incluso- concesiones absolutamente inesperables poco tiempo antes.


Así y dentro de lo que podemos considerar concesiones o “zanahorias”, el gobierno de Georges Pompidou negocia el 25 de mayo a tres bandas: empresarios, sindicatos y gobierno. Dos días más tarde (27-5) se aprueban los Acuerdos de Grenelle que incluyen un muy sorprendente incremento del 35% en el salario mínimo industrial y del 12% de media a todos los trabajadores. También se acepta llevar a cabo una –muy exigida- reforma profunda de la educación (que, como muchas otras promesas, nunca llegará a concretarse).


Ahora bien, abonando la tesis que -en el fondo- las reivindicaciones del Mayo no eran meramente crematísticas ni sectoriales, la mayoría de trabajadores y estudiantes –seguros del entusiasmo y fuerza que el movimiento había adquirido- rechazan los acuerdos. Entonces el líder del Partido Socialista, François Mitterrand, pide públicamente la dimisión del gobierno De Gaulle, concluyendo lapidariamente que desde el 3 de mayo no había realmente Estado en Francia.

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