Jul 21, 2017

HOLOCAUSTO: EL HIJO DE SAUL

La película se sitúa en el campo de concentración de Auschwitz cuando se acerca el fin del régimen nazi y ello provoca la aparición de unas tensiones que antes habían sido aplastadas por la eficaz maquinaria creada. Ya se espera la llegada de las tropas rusas, acelerando la bárbara cotidianidad de la shoah. El Sonderkommando Saúl Auslander está destinado a las cámaras de gas, el paso previo de los hornos crematorios.


Primero se ocupa de ayudar a conducir, engañar y evitar la rebelión de las remesas masivas de víctimas que llegan cada vez más seguidamente. Pues los nazis han decidido eliminar el máximo de víctimas y de testimonios. Recién llegados en trenes, se los debe desnudar y desposeer de todas sus ropas y propiedades. Aparentemente se los va a duchar y desinfectar antes –como les grita un SS- de distribuirles tareas de acuerdo con su preparación y habilidades. Pero una vez totalmente desnudas, las grandes puertas se cierran tan sólo para gasear las personas mientras tratan vanamente de sobrevivir. Los Sonderkomando se apoyan contra las puertas hasta que los gritos –que todo el mundo escucha- finalizan.


 
 
Inmediatamente, a toda marcha y bajo los empujones e improperios de los oficiales nazis, se inicia la tarea de clasificar ropas y maletas escudriñando y entregando cualquier joya o riqueza que escondieran. Luego se vuelven a abrir las cámaras de gas y se retiran los cuerpos muertos, desnudos y listos para los crematorios. Tan solo hay que hacer la última inspección arrancando los dientes de oro y lo que de valioso restara incrustado en los cadáveres. Hay que limpiar cualquier resto de sangre para dejar perfectamente dispuesta la terrible trampa para la nueva remesa de personas que a toda velocidad llegan cargadas con sus pertrechos desde el cercano tren.


Es una perfecta maquinaria de destrucción e inhumanidad, a la que ahora se le añade mayor desesperación por apoderarse de alguna joya con la que intentar comprar algún retraso en la muerte que todos sienten acercarse. Todos sospechan que los nazis no quieren dejar testimonios vivos incluso entre los Sonderkommando brutalizados, robóticos y de mirada perdida.


¡Como si fuéramos uno de esos Sonderkommando!, la dantesca escena se nos muestra en oscilante cámara subjetiva y en un primer plano circunscrito por un fondo difuminado de sombras y ruidos, de órdenes, empujones, brutalidades y asesinatos directos y sin la más mínima reflexión.


Pero entonces aparece una sorpresa: un joven casi niño continua respirando medio ahogado tras el gas. Llamado, el oficial médico nazi termina de matarlo y ordena que se le haga una autopsia, probablemente para analizar las causas de su sorprendente supervivencia. Aún más sorprendentemente, un Sonderkommando va rompiendo casi imperceptiblemente sus disciplinadas labores para esconder el cuerpo del joven. En medio del caos que se acentúa por su extraño comportamiento, descubrimos que afirma –contra todo sentido- que es su hijo y que quiere enterrarlo conforme al rito judío Kaddish. Para oficiarlo, busca loca y frenéticamente un rabino encubierto.


El Sonderkommando Saúl Auslander, aparentemente enajenado pero quizás comenzando a salir de la alienación, pasa a anteponer su loco designio no solo a sus tareas de exterminio sino incluso a los preparativos de rebelión y fuga antes de que los nazis puedan acabar con la vida de cualquier testigo. Pues Saúl ya sólo parece pensar en un último acto expiatorio que le permita recuperar una mínima dignidad humana antes de morir. Renuncia a luchar o a intentar salvarse y, cuando los otros Sonderkommando le reprochan que no tiene ningún hijo y que los está llevando a la muerte, responde tan solo: "todos estamos ya muertos". 
 
 
Los tres hilos de las incesantes tareas de exterminio, de los preparativos de rebelión y del personal designio de Saúl Auslander se superponen aumentando la percepción de brutalidad y sin sentido del campo de exterminio. Este participa en algún acto de resistencia: fotografiar y ocultar imágenes del holocausto, comunicar el destino que han preparado para los Sonderkommando, intentar apoderarse de alguna arma. Pero, incluso en medio de la fuga final, tan solo parece preocuparle su loco designio. Sólo en la última escena y cuando los nazis quieren sorprender y asesinar al grupo de fugados entre los que se encuentra, imagina ver un niño -el hijo de Saúl- que se aparta de la escena, se cruza con los soldados nazis (un SS lo aparta para que su asesinato no los delate ante el grupo de fugados) y huye entre la floresta.


Es el final, pero en la retina queda toda la barbarie vista en cámara subjetiva y los primeros planos de la cara totalmente inexpresiva de los Sonderkommando. Así se entrevén inquietantemente desenfocadas las inhumanidades más bárbaras que los Sonderkommando -totalmente embrutecidos y con una peculiar jerarquía interna- ejecutan siempre bajo la brutal presión de los soldados nazis. En todo momento bajo la amenaza inmediata de muerte violenta (además de la que ya experimentan). Siempre rodeados de un tráfico casi incomprensible de órdenes, golpes, degradación y asesinatos. Ello es el principal hallazgo de Saul fia, pues nos permite experimentar algo de la realidad de los campos de exterminio.


Además la película tiene una lectura mística que, siendo intrigante, captura menos nuestro interés. Dentro de su posible significación vinculada al simbolismo y a la historia sagrada hebraica, hay que recordar que Saúl fue el primer rey de Israel. Después de ser elegido por el profeta Samuel, éste le auguró que su reinado terminaría mal y, por eso, Saúl estaba muy celoso de David, a quien en batalla situaba siempre en los lugares más peligrosos. Después de la intercesión de Jónatan, el primogénito de Saúl, David demuestra a Saúl que pudiendo matarlo no lo hizo (le toma una lanza junto a su cama). Y se reconcilian.



Más adelante, los filisteos mataron a todos los hijos de Saúl menos uno (Isbaal). Por eso Saúl se suicida y los filisteos cuelgan su cuerpo decapitado. Entonces Isbaal es nombrado rey de todas las tribus excepto Judá que nombra a David, quién finalmente se convertirá en el rey más grande de Israel. Esa historia del rey Saúl, el triste destino de sus hijos y -quizá- la esperanza de que tras él venga otro extraordinario rey David parece ser uno de los niveles interpretativos que hay detrás de la película "El hijo de Saúl".


Que el protagonista se diga Saúl Auslander ("extranjero" y diga que es húngaro y no sabe alemán) y sea un robótico Sonderkommando simboliza que intenta mantenerse ajeno y no implicarse en el drama humano del holocausto; si bien finalmente tendrá que asumir su culpabilidad. Un simbolismo paralelo de "El hijo de Saúl" remite al destino trágico de un hombre con inmensos defectos pero capaz de arrepentirse y superar los celos respecto a quien ha tenido más suerte en la vida –David-. Recordemos que el rey Saúl fue condenado a perder todos sus hijos menos uno, el cual a pesar de llegar a ser rey de Israel -finalmente- será sustituido por el gran David.


¿La loca decisión de enterrar dignamente "el hijo de Saúl" puede simbolizar la finalización de un linaje trágico y la promesa de otro más afortunado? ¿Hay un cierto mesianismo? ¿Los Saúl del mundo deben aprender a desaparecer expiando sus crueles pecados ya que, por mucho que hayan sido inducidos violentamente por otros (los nazis), inevitablemente han co-operado con esa co-acción? ¿Solo así el mundo y la humanidad se merecen una redención o un nuevo comienzo?


Como vemos, la película tiene un aspecto místico asociable a la historia del pueblo de Israel, pero quizás tiene menos interés que no la inmersión tan brutal como efectiva, hipnótica e inquietante en las funciones cotidianas de un Sonderkommando destinado a las cámaras de gas de Auschwitz. Salvando todas las distancias, nos permite imaginar un poco la experiencia vivida traumáticamente por "hombres" como Primo Levi

 

 

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