Oct 8, 2016

EL JARDINERO» Y OTRAS FIGURAS HISTÓRICAS



 
Unas sociedades se estructuran básicamente bajo la metáfora del "guardabosques", mientras que otras responden a la "figura" del «jardinero». Estas son para Bauman (2007) básicamente las modernas, pero en algunos aspectos también incluyen: el capitalismo fordista (aquí podríamos usar también las metáforas del «tecnólogo» o el «ingeniero») y las agrícolas (podríamos usar las metáforas similares del «agri­cultor» o el «ganadero»).
 
Las presuposiciones y actitudes subyacentes a esas sociedades son que es necesario dominar y mejorar el orden natural, definiendo un progreso infinito inspirado en una utopía. El "jardinero", como los «tecnólogos», los «ingenieros», los «agricultores» y los «ganaderos», quiere perfeccionar y transformar conscientemente la preexistente naturaleza salvaje.

  
Así unos arrancan las «malas hierbas», etc. (otros seleccionan y reproducen buenos especímenes de plantas y animales, o construyen máquinas y otros dispositivos) siempre de acuerdo a objetivos propios que saben en gran medida «artificiales» pero consideran "superiores". El jardinero parte de planificaciones, diseños y objetivos propios, a partir de los cuales interactúa (de tú a tú o incluso como «su dueño») con la naturaleza, por una parte forzándola y dominándola, pero por otra parte estudiándola y aplicando las leyes que descubre en ella.
 
 
El «jardinero» (como los «tecnólogos», «ingenieros» e —incluso— «agricul­tores» y «ganaderos») encara las complejidades y problemas del mundo bajo el modelo del laberinto babilónico, lleno de puertas cerradas que hay que abrir y de callejones sin salida que hay que sortear. Totalmente al contrario del «guardabosques», que no concibe salir de su bosque por miserable o incómodo que sea vivir en él, el «jardinero» quiere transformar completamente el entorno «natural» o «salvaje». Lo percibe como un labe­rinto que bloquea sus ansias de libertad y dominio, pues su capacidad de configurar nuevos órdenes en función de los propios diseños necesita espacio «libre» y «abierto», donde pueda construir o cultivar con absoluta libertad. Donde pueda edificar su jardín soñado.
 
 
Pues los modernos «jardineros», «tecnólogos», «ingenieros», «agricultores» y «ganaderos» adoran las utopías, el progreso y siempre tienen un diseño propio del orden adecuado para el mundo. Les es consubstancial tener una ideología o cosmovisión que tienden a imponer universalmente, revo­lucionariamente y sin límites... No tienen los «prejuicios», las cortapisas mentales ni el respeto ancestral que —como hemos visto— caracteriza al «guardabosques».
 
 
Igual como no tienen respeto por las «malas hierbas» ni por todo lo «sal­vaje» que se opone y bloquea sus planes soñados de «jardín perfecto», tampoco tienen ningún respeto por los que no se movilizan por su utopía o —incluso— no encajan en ella. Viéndolos como «malas hierbas» o «salvajes incultos» tienden a interactuar ante ellos como muros y puertas cerradas que hay que romper, abrir y eliminar para dejar espacio al «progreso», a la «perfección» diseñada, a un mundo-jardín construido sobre la base de la tecnología.
 
 
Llevados por su misma voluntad de poder (Nietzsche) y sus ansias de progreso, utopía, revolución, plenitud y perfección (Mayos, 2004: 157 y ss), hay en ellos una significativa tendencia a la exclusión de lo que se opone a «esas maravillas que imaginan». Por eso, incluso muchas veces tienen violentas tendencias de coloniza­ción y totalitarismo.
 
 
Como valoran tanto su utopía, designio, voluntad de poder, capacidad de hacer «progresar» al mundo y de llevar a cabo una radical «revolución» de las cosas, les cuesta respetar a los que se oponen a tales mejoras. Pues -piensan- ¡todo sería mejor y mucho más fácil si no existieran! Quizás esa pulsión puede explicar también la «oscura» relación que según Michael Mann (2009) parece haber entre modernidad (incluso democráti­ca) y campos de internamiento-exterminio, limpiezas étnicas y genocidios. En esa línea pero más radicalmente, Giorgio Agamben (2005) ve en el estado de excepción una constante de los regímenes modernos.
 
 
En su búsqueda de perfección, generan ciencias, epistemes, disciplinas o saberes (Foucault, 1993) que les permitan dominar los distintos objetos que configuran. Así surgen la jardinería, la agricultura, la ganadería, las tecnologías y las ingenierías. Incluso y en la medida que ese saber es pro­yección del poder de su designio, esperan de esos saberes que refuercen y retroalimenten el poder del que surgieron. Todas esas disciplinas tienen como objetivo primordial «introducir» sus respectivos órdenes y designios superiores en las cosas y en un mundo que —sin su intervención— serían salvajes, silvestres, no «humanizados», no explotados y sin «perfección» técnica.
 
 
La mentalidad profunda de «jardineros», «tecnólogos», «ingenieros», «agri­cultores» y «ganaderos» coincide en esos presupuestos básicos. Además suelen estar en constante pugna por ampliar y perfeccionar «su diseño» lo máximo posible; hacerlo más extenso y más perfecto en su concepción. Detrás de la simpatía que pueden despertar, tienden a ser colonizadores e, incluso, totalitarios por naturaleza y convic­ción, pues aspiran a convertir «su diseño» en universal, omnipresente y total tanto en extensión como en intensidad.
 
 
Consciente o inconsciente­mente, tienden a querer que el mundo entero se configure deacuerdo a «su proyecto de mundo». Tienden a que el mundo sea como un jardín, una inmensa huerta, un prado sin fin para su ganado, la «megamáquina» (Mumford, 2010) o la mayor obra de ingeniería concebible.
 
 
Pero la paradoja es que a menudo dependen en gran medida y precisa­mente de lo no ajardinado, del bosque más allá de la huerta y del prado, de lo todavía salvaje y no urbanizado... Karl Polanyi (2003) explicó muy bien las dificultades vividas por los campesinos ingleses cuando se privatizaron los bosques y prados comunales. Fueron obligados a emigrar masivamente a los suburbios urbanos pues ya no podían mantenerse incluso teniendo tierras que cultivar. Necesitaban complementar sus cultivos aprovechán­dose de las tierras comunales: recogiendo leña, cazando o pescando oca­sionalmente, recogiendo frutos, tubérculos u hongos silvestres, dejando pastar en ellas alguna res, etc.
 
 
Los «jardineros», «tecnólogos», «ingenieros», «agricultores» y «ganaderos» de la modernidad viven en gran medida y todavía de eso otro que está más allá de lo que ellos han construido. Quizás no dependan de él directamen­te, pero lo presuponen; dependen de que en alguna parte todavía haya tierras «libres», materias primas que explotar, selvas que talar y poblacio­nes de lo que hemos llamado «guardabosques» que desplazar o colonizar. Por eso, su mismo deseo de expansión puede convertirse en la fuerza que los haga mutar de manera profunda, cuando finalmente desaparezca esa alteridad que van reduciendo por su misma dinámica.
 
 
Los «jardineros», «tecnólogos», «ingenieros», «agricultores» y «ganaderos» se ven obligados a transformarse por su mismo éxito. Cuando los turbohu­manos ya no tengan qué explorar, desbrozar, colonizar, explotar, tecnificar y urbanizar dejarán totalmente de concebirse ante un laberinto babilónico (que presupone una salida y un más allá sin puertas ni muros), para darse cuenta que han entrado (y ahora sin salida definitiva) en el laberinto del desierto.
 
 
Y este no tiene fin, ni salida. Tan solo tiene pequeños oasis, ríos temporales, lagos que se secan, dunas que hoy descubren importantes ruinas o riquezas —pero que mañana vuelven a quedar cubiertas—, depó­sitos subterráneos de petróleo, gas o agua...
 
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1 comment:

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